Saturday, November 18, 2006

PELOS

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La primera vez que estuve dentro de una mujer, excluyendo claro está a mi santa madre, me asaltó el siguiente pensamiento: “hum, asi que era esto”. No hubo tiempo para demasiado más. Dado que las circunstancias que acompañaron al suceso fueron un tanto sórdidas, material que resolveremos algún día, no lo tengo especialmente anotado sino en el margen del recuerdo donde con trazo mucho más grueso figuran otras muchas virginidades perdidas, en otras tantas escaramuzas que me han dejado una impronta aun más notable y decisiva.
Las braguitas de Eva en cuarto menguante sobre su culo desnudo, “venga, tócamelo, tócamelo ya”. Sólo tiene siete años pero una mirada profunda y escrutadora. Yo tengo cuatro o cinco, pero intuyo que esta sucediendo algo y me invade una insondable vergüenza y huyo a esconderme tras la cortina. En otra cortina se refugiará tres años mas tarde la Freginals, sorprendida en las colonias, mientras se cambiaba las bragas, por Antoñito Martin, gordito sudoroso y oligofrénico que tenia una perra a la cual le metía un Bic de cuatro colores por el culo. La Freginals al huir tras la cortina, dejará al descubierto una vulva de vello incipiente, cuya visión me perturbará notablemente durante cierto tiempo. Justamente el que tardo en ver por vez primera, a escasos metros, el coño velludo y rotundo, de ingle a ingle de una puta desalojada a media faena en un portal del Raval, plaza de Medinaceli, donde pasé alguno de los últimos años de mi infancia. “Pelos” me digo. “Pelos”.
Pelos que algunos años mas tarde, se erizan bajo los dedos que luchan por abrirse paso en los tejanos de esta chica. Pelos al fin. Grito interior reprimido, alborozo semejante al que sintió Rodrigo de Triana al gritar “tierra”. Pelos, horizonte alcanzado. Última frontera. Bautismo de fuego. Alfa y omega. Promesa enmarañada. Olimpo de carne. Parnaso lúbrico. Gracia concedida. Dios te salve Maria. Hasta aquí hemos llegado. Abre solo, solo un poquito mas las piernas por favor. Déjame seguir adentrándome. Como un explorador en la jungla del deseo. A riesgo de perder la mano por gangrena, presionada en exceso por los jeans y la implacable gomilla de las bragas. Pero las piernas aun tardarían algún tiempo en abrirse, pertrechadas bajo un no de los que no son ni un si ni un no. Dejando a la lujuria con los pies en el felpudo.
Mucho ha llovido desde mis diecipocos y seguramente hoy uno puede encontrar ahí dentro cualquier cosa, desde un piercing hasta una polla, pero me temo que tristemente, la perniciosa moda de la depilación brasileña y el tanga de hilillo privará a muchos impúberes barbilampiños de efectuar el maravilloso trueque del último gramo de su inocencia a cambio de un pelo de coño. Mis condolencias.

Texto: Atlas de mi ombligo

Foto: Ellen von Unwerth

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