QUACK!
Hay días malos y peores, se decía mentalmente mientras hacia surcos en el polvo con la escoba desdentada, y se decidía si este era de los primeros o de los segundos. Que más daba. El polvo se resistía a la caricia de la escoba. Había demasiado. Entraba por todas partes. En el campo ya se sabe, pero mira que le había dicho mil veces que la casa no estaba bien aislada. Para colmo, en un recodo de la pieza sorprendió al otro lado del espejo a una insolente caricatura despeinada y ojerosa de si misma. Se atusó el pelo sin soltar la escoba y tiró del borde del delantal estampado de manchas de diversos colores y texturas, sin conseguir que el cuadro mejorara lo mas mínimo. ¿Pero que coño le había pasado? Claro, el tiempo. Se había colado por las rendijas de su piel imperceptiblemente como el puñetero polvo que inundaba la casa. No había nada que hacer. Pero ella no era tan vieja, o al menos eso creía. Era la ropa. Si, eso era. ¿Y cuanto tiempo hacia que no iba a la peluquería? Dejo caer la escoba y se despojó de un tirón del delantal arrojándolo a un rincón oscuro de la habitación. Se derramó la cabellera sobre los hombros, abriéndose la bata un botón más abajo de la medallita del día de la madre. Bueno, era verdad, ya no era tan joven, pero el espejo le mostró esta vez algo mas de clemencia. Su piel aun retenía cierto fulgor de juventud. Siguió desnudándose hasta media cintura y cruzó las manos sobre sus pechos, acariciándolos, sopesándolos, calibrando su turgencia. Pensó que muchos hombres aun suspirarían por hundir sus manos en ellos, y este pensamiento casi la hizo sonreír. Pero la verdad es que él la tocaba cada vez menos. Era normal después de tantos años de matrimonio. Al menos eso dice la gente. Es cierto que él trabajaba mucho. Y era un buen padre, eso si. Pero claro, ya no era como antes, no podía serlo. Se estremeció recordando el tiempo en que él la asía con sus brazos firmes y la amaba frenéticamente en cualquier rincón de la casa. ¿Adonde había ido a parar todo aquello? Le asaltó el pensamiento de que él pudiera estar viéndose con otra mientras ella lidiaba con montañas de polvo. Echando un polvo, vamos. Que ironía. Esta vez si que el espejo le devolvió la sonrisa, que se transformó en estupefacción al darse cuenta de que poco a poco, mientras iba pensando, se había desnudado completamente. Repasó con la palma de la mano aquellos lugares en los que el tiempo había dejado mas poso. No estaba tan mal, decididamente no estaba tan mal. Atraída por el sol que estallaba en la ventana, cruzo la puerta hasta el centro del patio. Ya en el exterior alzo los brazos al cielo dejándose acariciar por la tibieza de la mañana resplandeciente, despojándose del peso de los años como si se tratase de polvo tenuemente depositado sobre su piel. Se sintió limpia.
Se había retrasado en las tareas del día, pero se sentía mucho mejor y se dejo caer suavemente sobre la almohada de la rutina. Abrió la puerta destartalada del gallinero para echar el pienso. Las gallinas corrieron mecánicamente hacia el otro extremo del corral. Luego le toco el turno a los patos. Mientras echaba el pienso en los comederos pensó que seria buena idea preparar una cena romántica, para tratar de reanimar a aquellos corazones cubiertos por el polvo. El pato a la naranja siempre le salía bien, a él le encantaba. Salió del corral en dirección a la cocina y volvió a entrar unos minutos después blandiendo un cuchillo ancho, pesado y romo. Odiaba hacer aquello, siempre le dejaba a Manuel estas tareas. Al entrar al corral los patos se arremolinaron en la pared del fondo. Eligió a uno por azar, cogiéndolo del cuello sin reparar en sus preciosos ojos azul turquesa. Lo arrastró hacia afuera ajena a los quejidos agónicos del animal y los de solidaridad de sus compañeros. El sol tembló varias veces en el filo del cuchillo cuando lo alzó para descargar el golpe definitivo. Algo la hizo vacilar.
–Espera! No lo hagas!
Se detuvo. Miró a su alrededor. No había nadie. Miro de nuevo. No había visto ni oído llegar a nadie y la granja más próxima estaba a mas de 10 minutos en coche. Utilizó el cuchillo a modo de visera. Nadie.
–No lo hagas! Aquí!
Joder, era el pato. Dio un chillido de horror mientras soltaba a la vez el cuello del pato y el cuchillo y salió despavorida hacia la casa apoyando todo su peso tras la puerta. El corazón se le salía del pecho. ¿Se estaba volviendo loca? Estaba segura de que aquel animal le había hablado. No podía ser. Era imposible. Pero había oído la voz de aquel pato. Alguien dio unos golpecitos tímidos en la puerta. El corazón le golpeó con furia. Reunió fuerzas para abrir la puerta temiendo lo que se iba a encontrar tras ella. El pato.
–Perdona, lamento haberte asustado pero…
Es posible que dijera algo más pero ella no pudo oírlo. Al caer al suelo levanto una considerable nube de polvo.
El sol la despertó de un agradable sueño en que era mecida por las olas de un mar de algodón. Cuando sus ojos de acostumbraron al sol se encontró a dos milímetros del anaranjado pico de un pato. Se levanto como un resorte dando gritos como loca buscando a tientas algo con que golpearle.
–¡Espera, espera! ¡Tranquilízate! ¡Tranquilaaaa!
El pato levantaba las alas con ademán pacificador, pero ella creía que se trataba de una amenaza. No tenía mucha experiencia con patos. Encontró una sartén y empezó a perseguirlo alrededor de la mesa. El pato no cesaba de pedirle que se calmara. Al final consiguió arrinconarlo contra un mueble y se detuvo para coger aliento antes de asestarle el sartenazo. Se fijó entonces en el extraordinario azul de los ojos que la miraban desorbitados. Levantó la sartén en alto y el pato se cubrió el rostro con un ala y cerró los ojillos esperando el golpe, pero al verlo tan indefenso no se atrevió a hacerlo. Dejó caer los brazos resoplando aún sin aliento. El pato entreabrió un receloso ojillo turquesa, y pareció que suspiraba algo aliviado.
–¿Pero tu quien…? , ¿que diablos?.. ¿que coño eres?
–Vaya, me parecía que era suficientemente obvio.
– El pato se iba recomponiendo y empezó lentamente a organizarse las plumas.
– Soy un pato.
–¡Si, pero hablas!
– Ah si, bueno tu también…
–¿Como que “yo también”? ¡”Yo” soy una persona!
–De acuerdo, y yo soy un pato que habla…
– Esto es increíble!!!! Debo estar volviéndome loca !!! Estoy viendo visiones o algo así !!! Estoy hablando con un pato, no puedo creerlo!!!
– Bueno , no creas , para mi tampoco es sencillo. No suelo hablar con extraños y menos si son humanos, de hecho es la primera vez, mira. Ha sido un caso de fuerza mayor…
– Pero tu… pero los patos… – La casa giraba a su alrededor, creyó que iba a desmayarse de nuevo. Tuvo que buscar un punto de apoyo en la pared.
– Escucha. – El pato avanzó un ala de manera conciliadora hasta rozarle la pierna. Por alguna extraña razón ella no la retiró, recibiendo la caricia del pato en la tibia.
– No le des mas vueltas. Las cosas no siempre son como uno cree…
– No entiendo nada – Sollozó ella superada por el absurdo. Se tapó la cara con las manos disponiéndose a llorar.
– Eh, eh no llores, no llores vengaaa – Le acarició decididamente la pierna con el ala – Eh, déjame decirte una cosa. Estabas preciosa esta mañana desnuda en medio del patio.
– Tu…tu me viste? – Alzó la mirada hasta coincidir con el azul amable de los ojos del pato. Le pareció que se sonrojaba.
– Claro, te vimos todos… Si vieras los comentarios que levantaste en el gallinero… Son unas envidiosas.
– Todos? Pero…-No terminó la frase. A través de la ventana vio como entraba el coche de Manuel.
Estuvo a punto de correr hacia el para explicarle todo, pero se retuvo. Hubiera pensado que estaba loca. Demasiado tiempo sola. Quizá tuviera razón. En lugar de eso se dirigió al pato por primera vez sin temor y abriéndole la puerta le dijo: – Venga pal corral. El pato obedeció sin rechistar. Cuando Manuel le preguntó que le pasaba, pues tenia los ojos llorosos, ella le mintió diciéndole que se había acordado de su padre, muerto hacia años. Aquella noche no pudo dormir pensando en el jodido pato hablador.
Esperó pacientemente a que el coche de Manuel se hubiese alejado lo suficiente para dirigirse hacia el corral. Abrió la puerta con algo de miedo pero poseída por la curiosidad.
– Eh tu, ojos azules, sal afuera. –De entre el corro de patos avanzo uno con paso lento y decidido.
– ¡Buenos días! Me alegro de ver que te encuentras mejor. Tienes buen aspecto.
– Err… si. –Dirigió una mirada al resto de las aves de corral. Vio como estiraban sus cuellos hacia ellos. Se sintió observada. – Vamos adentro , quieres?
– De acuerdo. Pero antes deberíamos presentarnos, ¿no te parece? Me llamo Ernesto. Se que te llamas Clara, lo he oído cientos de veces.
– Eh? Ernesto? ¿ Tienes nombre? ¿Quién te lo puso? – Aquel pato no dejaba de sorprenderla.
– Bueno… en realidad fueron mis padres. ¿Con los humanos es diferente?
– Si… digo no, claro. Los padres.– No acababa de creerse que estaba manteniendo una conversación con un pato. ¿Que diablos le dices a un pato? Lo intentó con el socorrido tema familiar – Tus padres. ¿Están ellos ahí? – Señalo con el dedo al interior del gallinero. El pato se entristeció repentinamente.
– No. Os los comisteis las pasadas navidades.
– Ah.- musitó. Y entraron en la casa.
Se sentaron en ambos extremos de la mesa de la cocina. Para ser precisos, el pato permaneció de pie sobre la silla. Tratando de ser cortés le sirvió algo de maíz en un plato y animal pareció relajarse. Pronto se reveló como un gran conversador, aunque era algo reservado sobre temas personales, hecho que ella interpretó como un natural resentimiento por haberse almorzado a sus progenitores. Pero pronto se fueron soltando. De un tema pasaban a otro con increíble agilidad. La conversación fluía, se llenaba de matices y se elevaba a niveles que ella no recordaba haber alcanzado desde su remota época de universitaria. Desde luego nunca con su marido. Era un pato muy leído y la deslumbró con sus conocimientos literarios, en especial su conocimiento de los poetas malditos franceses que le confió eran su debilidad. Eso le hizo particular ilusión a ella pues era el tema que había elegido para la tesis que nunca terminó. El pato pregunto el porqué.
– Bueno, es la vieja historia. Me quedé embarazada de Daniel, mi primer hijo. Me case y abandonamos la ciudad para venir aquí.
– Vaya. Bueno, aquí no te ha ido del todo mal. Pareces feliz. De cualquier manera deberías retomar los estudios ahora que tus hijos ya son mayores.
–¿Los estudios?. Ja ja ja – Rió sin demasiadas ganas.- Ya soy un poco mayor para eso ¿no crees? – En absoluto.- Y la atravesó sin piedad con aquella implacable mirada turquesa de tal manera que ella no tuvo mas remedio que sonrojarse.- Creo que aun eres joven. Y bonita.
– Vaya, gracias. –Apartó la mirada de los ojos del pato, no podía aguantarla. Se sonrió. Intentó bromear.
– Bueno, que lástima que seas un pato, porque si no…
–¿Si no que?
–Bueno , ja, ja,ja…Ya sabes…
– No se, ¿a que te refieres? Ah , te entiendo. Bueno. ¿Por qué no? Podríamos probar.
–Pero… ¡eso no puede ser! Tu eres… eres un pato , y bueno eres … eres ¡pequeño!. – Se llevo la mano a la boca , avergonzada. –Perdona yo… no quise decir eso, yo…
– No te preocupes. El tamaño no lo es todo. ¿No lo sabias? – Se echaron a reír. El pato avanzó un ala hasta alcanzar su mano. –En serio. Probémoslo.
Y lo probaron.
Aquel pato sabía realmente como acariciar a una mujer. Ella nunca había sentido nada parecido. Se movía con infinita suavidad, depurada técnica y premeditada ternura por los pliegues más sensibles de su cuerpo. Las caricias hábiles, precisas, deliciosas, sutiles, la llevaron al éxtasis en repetidas ocasiones. Cuando todo hubo terminado se sentía tan exhausta y satisfecha que apenas podía mover un músculo. Se quedó dormida sobre su mullido plumaje y al despertar del breve sueño vio que junto a la almohada Ernesto había depositado unas rosas recién cortadas. Era algo muy loco, jodidamente loco . Pero tuvo que reconocer que se había enamorado. Aquella noche Manuel se quejó de que las almohadas perdían plumas, que estaba todo lleno de malditas plumas.
Las sesiones de sexo palmípedo y conversación se hicieron diarias, y pronto se convirtieron en el principal motivo de su existencia. Había encontrado el equilibrio. Se sentía feliz. La tranquilizaba saber que difícilmente podía ser descubierta y que nadie habría de sufrir por ello. Quien iba a sospechar de semejante historia. Manuel se había mostrado algo extrañado cuando ella le comentó que estaba pensando en reiniciar sus estudios, pero pensó que se trataba de una simple locura pasajera y no la desanimó. Había notado una ostensible mejoría en el carácter de ella y no quería contrariarla, aunque no dejaba de sorprenderle verla todo el día canturreando y afrontando las tareas domesticas con tanto ánimo. La casa estaba mas limpia, había menos polvo. Era un hecho. Ciertamente, ella se apresuraba a realizar el trabajo cuanto antes para tener más tiempo con el pato. Releían juntos a Byron, Verlaine y Baudelaire. Ernesto citaba airadamente a Orwell reivindicando los derechos animales. Reían y retozaban hasta el atardecer. Era una buena vida, si señor.
Los sábados el mercado siempre estaba repleto. Ella se movía entre la gente con ligereza armada con una amplia sonrisa que le dividía el rostro. Una vieja amiga que encontró en la cola del pan le dijo que la veía mas guapa y sonriente. –¿Estas más delgada?. –Se preguntaron mutuamente como iban las cosas intercambiando las acostumbradas mentiras de rigor. Rascando el barniz de la conversación la amiga le confesó que su marido apenas aparecía por casa. Tanto le daba. Por lo menos cuando volvía llegaba tan borracho que no le quedaban fuerzas para molestarla. Cuando ella le preguntó si tenían patos en casa la mujer la miró como si fuera una extraterrestre. Apenas pudo contener la risa.
Cuando volvió a casa un ligero cosquilleo en el estómago la alertó de que algo no acababa de marchar correctamente. El coche de Manuel estaba atravesado en el patio pero él no parecía estar en la casa.Cruzó el patio escuchando el ruido de sus propias pisadas en la tierra. El viento empezaba a levantar algo de polvo. Abrió la puerta de la casa y contempló el silencio que dominaba la habitación. El cosquilleo estomacal empezó a tornarse en molestia. Unas manos surgidas de la nada le taparon la cara con rudeza pero sin violencia. Dio un respingo.
–¡Sorpresa!
–¡Joder Manolo que burro eres! Que susto me has dado… –El la volteó con facilidad , la atrajo hacia su pecho, y la besó en los labios. Se las apañó para sacar una rosa de algún sitio y se la ofreció.
–¿Y esto?
–Mujer, ¿no sabes que día es hoy?
–¿Hoy? Pues no.
–Vaya hombre. –dijo fingiendo fastidio mientras la rodeaba con sus grandes brazos. – Pues hoy hace 20 años que nos casamos, que lo sepas.
–Ah, ostras. –Intentó fingir ternura con el mayor realismo que le fue posible. El se lo merecía.– Perdona cariño , me había olvidado. Ya sabes la cabeza que tengo…
–No importa. Yo lo recordé por los dos. – La abrazó aún mas fuerte levantándola del piso y volvió a besarla. – Eres mi chica y te quiero.
–Yo también te quiero. – Y casi no mentía. Se besaron una vez más.
–Voy a ducharme– dijo mientras la dejaba en el suelo y se daba la vuelta. –Ah, había pensado que esta noche, como no están los chicos, podrías preparar algo especial, y luego podríamos ir prontito a la cama a magrearnos un rato. Como en los viejos tiempos, ¿qué te parece?
–Humm , de acuerdo.
–Mira, te he dejado algo ahí, en la cocina. A ver que puedes hacer con ello…
La molestia de la barriga se transformó en un sólido bloque de hielo. Corrió hacia la cocina repitiéndose por el camino unas cien mil veces que no, que no podía ser. Estaba en el fregadero. La sangre se escapaba por el cuello seccionado formando grumos que embotaban el desagüe. Apartó el cuerpo para buscar la cabeza empapándose las manos de sangre. Le abrió uno de los ojillos para cerciorarse. El azul empezaba a tornarse un tétrico malva. Lanzó un aullido de dolor. Desde la ducha Manuel le gritaba si necesitaba ayuda para desplumarlo. Sintió que algo en su interior se rompía. El hielo del estómago la abrasaba. La quemaba por dentro. Cuando se hundió el cuchillo, dos, tres veces no sintió dolor sino alivio. Mientras se desangraba en el suelo, con el cuello del pato aún en la mano, le echó una última mirada a aquel ojillo ya decididamente negro. Se lo cerró con el pulgar y luego cerró los suyos.
Manuel salió de la ducha secándose el cabello con una toalla vieja. Al llegar a la puerta de la cocina dejó caer la toalla al suelo, y se quedó helado contemplando a su mujer aferrada a un cuello de pato sobre un inmenso charco de sangre negruzca. Musitó su nombre en voz baja un par de veces. Se mesó los cabellos todavía húmedos. Un tanto aturdido atravesó tambaleando la habitación y salió al patio donde el sol estallaba sin clemencia. Cruzó el patio hasta el corral. Abrió la puerta chirriante haciendo nota mental de que debía echarle aceite.
–Ya esta. Lo ha hecho. Ha sido más horrible de lo que imaginaba.
De entre el corrillo de patos avanzaron unos preciosos ojos azul turquesa.
–Te dije que lo haría. Era una puta romántica.
–Si. También ha sido asqueroso inyectarle esa mierda al pato en los ojos. Y me ha costado matarlo, no creas. Ahora no es tan fácil.
–Lo entiendo. Pero no te preocupes, se llamaba Horacio y era un completo gilipollas. Aquí nadie lo va a echar de menos…
–Lo que no me explico es como ha podido creerse que esos ojos eran los tuyos. –Recorrió con la mano el robusto cuello del pato. – Dios mío, los tuyos son tan…maravillosos.
–No pienses más. Olvídala. Lo que importa es que ahora estamos juntos. Tú y yo. Para siempre.
–Si.
Se abrazaron y rodaron juntos por el suelo sembrado de paja del corral. Se besaban tan apasionadamente que a las gallinas se les puso la piel de ídem.
End
Fuente: www.atlasdemiombligo.com
Se había retrasado en las tareas del día, pero se sentía mucho mejor y se dejo caer suavemente sobre la almohada de la rutina. Abrió la puerta destartalada del gallinero para echar el pienso. Las gallinas corrieron mecánicamente hacia el otro extremo del corral. Luego le toco el turno a los patos. Mientras echaba el pienso en los comederos pensó que seria buena idea preparar una cena romántica, para tratar de reanimar a aquellos corazones cubiertos por el polvo. El pato a la naranja siempre le salía bien, a él le encantaba. Salió del corral en dirección a la cocina y volvió a entrar unos minutos después blandiendo un cuchillo ancho, pesado y romo. Odiaba hacer aquello, siempre le dejaba a Manuel estas tareas. Al entrar al corral los patos se arremolinaron en la pared del fondo. Eligió a uno por azar, cogiéndolo del cuello sin reparar en sus preciosos ojos azul turquesa. Lo arrastró hacia afuera ajena a los quejidos agónicos del animal y los de solidaridad de sus compañeros. El sol tembló varias veces en el filo del cuchillo cuando lo alzó para descargar el golpe definitivo. Algo la hizo vacilar.
–Espera! No lo hagas!
Se detuvo. Miró a su alrededor. No había nadie. Miro de nuevo. No había visto ni oído llegar a nadie y la granja más próxima estaba a mas de 10 minutos en coche. Utilizó el cuchillo a modo de visera. Nadie.
–No lo hagas! Aquí!
Joder, era el pato. Dio un chillido de horror mientras soltaba a la vez el cuello del pato y el cuchillo y salió despavorida hacia la casa apoyando todo su peso tras la puerta. El corazón se le salía del pecho. ¿Se estaba volviendo loca? Estaba segura de que aquel animal le había hablado. No podía ser. Era imposible. Pero había oído la voz de aquel pato. Alguien dio unos golpecitos tímidos en la puerta. El corazón le golpeó con furia. Reunió fuerzas para abrir la puerta temiendo lo que se iba a encontrar tras ella. El pato.
–Perdona, lamento haberte asustado pero…
Es posible que dijera algo más pero ella no pudo oírlo. Al caer al suelo levanto una considerable nube de polvo.
El sol la despertó de un agradable sueño en que era mecida por las olas de un mar de algodón. Cuando sus ojos de acostumbraron al sol se encontró a dos milímetros del anaranjado pico de un pato. Se levanto como un resorte dando gritos como loca buscando a tientas algo con que golpearle.
–¡Espera, espera! ¡Tranquilízate! ¡Tranquilaaaa!
El pato levantaba las alas con ademán pacificador, pero ella creía que se trataba de una amenaza. No tenía mucha experiencia con patos. Encontró una sartén y empezó a perseguirlo alrededor de la mesa. El pato no cesaba de pedirle que se calmara. Al final consiguió arrinconarlo contra un mueble y se detuvo para coger aliento antes de asestarle el sartenazo. Se fijó entonces en el extraordinario azul de los ojos que la miraban desorbitados. Levantó la sartén en alto y el pato se cubrió el rostro con un ala y cerró los ojillos esperando el golpe, pero al verlo tan indefenso no se atrevió a hacerlo. Dejó caer los brazos resoplando aún sin aliento. El pato entreabrió un receloso ojillo turquesa, y pareció que suspiraba algo aliviado.
–¿Pero tu quien…? , ¿que diablos?.. ¿que coño eres?
–Vaya, me parecía que era suficientemente obvio.
– El pato se iba recomponiendo y empezó lentamente a organizarse las plumas.
– Soy un pato.
–¡Si, pero hablas!
– Ah si, bueno tu también…
–¿Como que “yo también”? ¡”Yo” soy una persona!
–De acuerdo, y yo soy un pato que habla…
– Esto es increíble!!!! Debo estar volviéndome loca !!! Estoy viendo visiones o algo así !!! Estoy hablando con un pato, no puedo creerlo!!!
– Bueno , no creas , para mi tampoco es sencillo. No suelo hablar con extraños y menos si son humanos, de hecho es la primera vez, mira. Ha sido un caso de fuerza mayor…
– Pero tu… pero los patos… – La casa giraba a su alrededor, creyó que iba a desmayarse de nuevo. Tuvo que buscar un punto de apoyo en la pared.
– Escucha. – El pato avanzó un ala de manera conciliadora hasta rozarle la pierna. Por alguna extraña razón ella no la retiró, recibiendo la caricia del pato en la tibia.
– No le des mas vueltas. Las cosas no siempre son como uno cree…
– No entiendo nada – Sollozó ella superada por el absurdo. Se tapó la cara con las manos disponiéndose a llorar.
– Eh, eh no llores, no llores vengaaa – Le acarició decididamente la pierna con el ala – Eh, déjame decirte una cosa. Estabas preciosa esta mañana desnuda en medio del patio.
– Tu…tu me viste? – Alzó la mirada hasta coincidir con el azul amable de los ojos del pato. Le pareció que se sonrojaba.
– Claro, te vimos todos… Si vieras los comentarios que levantaste en el gallinero… Son unas envidiosas.
– Todos? Pero…-No terminó la frase. A través de la ventana vio como entraba el coche de Manuel.
Estuvo a punto de correr hacia el para explicarle todo, pero se retuvo. Hubiera pensado que estaba loca. Demasiado tiempo sola. Quizá tuviera razón. En lugar de eso se dirigió al pato por primera vez sin temor y abriéndole la puerta le dijo: – Venga pal corral. El pato obedeció sin rechistar. Cuando Manuel le preguntó que le pasaba, pues tenia los ojos llorosos, ella le mintió diciéndole que se había acordado de su padre, muerto hacia años. Aquella noche no pudo dormir pensando en el jodido pato hablador.
Esperó pacientemente a que el coche de Manuel se hubiese alejado lo suficiente para dirigirse hacia el corral. Abrió la puerta con algo de miedo pero poseída por la curiosidad.
– Eh tu, ojos azules, sal afuera. –De entre el corro de patos avanzo uno con paso lento y decidido.
– ¡Buenos días! Me alegro de ver que te encuentras mejor. Tienes buen aspecto.
– Err… si. –Dirigió una mirada al resto de las aves de corral. Vio como estiraban sus cuellos hacia ellos. Se sintió observada. – Vamos adentro , quieres?
– De acuerdo. Pero antes deberíamos presentarnos, ¿no te parece? Me llamo Ernesto. Se que te llamas Clara, lo he oído cientos de veces.
– Eh? Ernesto? ¿ Tienes nombre? ¿Quién te lo puso? – Aquel pato no dejaba de sorprenderla.
– Bueno… en realidad fueron mis padres. ¿Con los humanos es diferente?
– Si… digo no, claro. Los padres.– No acababa de creerse que estaba manteniendo una conversación con un pato. ¿Que diablos le dices a un pato? Lo intentó con el socorrido tema familiar – Tus padres. ¿Están ellos ahí? – Señalo con el dedo al interior del gallinero. El pato se entristeció repentinamente.
– No. Os los comisteis las pasadas navidades.
– Ah.- musitó. Y entraron en la casa.
Se sentaron en ambos extremos de la mesa de la cocina. Para ser precisos, el pato permaneció de pie sobre la silla. Tratando de ser cortés le sirvió algo de maíz en un plato y animal pareció relajarse. Pronto se reveló como un gran conversador, aunque era algo reservado sobre temas personales, hecho que ella interpretó como un natural resentimiento por haberse almorzado a sus progenitores. Pero pronto se fueron soltando. De un tema pasaban a otro con increíble agilidad. La conversación fluía, se llenaba de matices y se elevaba a niveles que ella no recordaba haber alcanzado desde su remota época de universitaria. Desde luego nunca con su marido. Era un pato muy leído y la deslumbró con sus conocimientos literarios, en especial su conocimiento de los poetas malditos franceses que le confió eran su debilidad. Eso le hizo particular ilusión a ella pues era el tema que había elegido para la tesis que nunca terminó. El pato pregunto el porqué.
– Bueno, es la vieja historia. Me quedé embarazada de Daniel, mi primer hijo. Me case y abandonamos la ciudad para venir aquí.
– Vaya. Bueno, aquí no te ha ido del todo mal. Pareces feliz. De cualquier manera deberías retomar los estudios ahora que tus hijos ya son mayores.
–¿Los estudios?. Ja ja ja – Rió sin demasiadas ganas.- Ya soy un poco mayor para eso ¿no crees? – En absoluto.- Y la atravesó sin piedad con aquella implacable mirada turquesa de tal manera que ella no tuvo mas remedio que sonrojarse.- Creo que aun eres joven. Y bonita.
– Vaya, gracias. –Apartó la mirada de los ojos del pato, no podía aguantarla. Se sonrió. Intentó bromear.
– Bueno, que lástima que seas un pato, porque si no…
–¿Si no que?
–Bueno , ja, ja,ja…Ya sabes…
– No se, ¿a que te refieres? Ah , te entiendo. Bueno. ¿Por qué no? Podríamos probar.
–Pero… ¡eso no puede ser! Tu eres… eres un pato , y bueno eres … eres ¡pequeño!. – Se llevo la mano a la boca , avergonzada. –Perdona yo… no quise decir eso, yo…
– No te preocupes. El tamaño no lo es todo. ¿No lo sabias? – Se echaron a reír. El pato avanzó un ala hasta alcanzar su mano. –En serio. Probémoslo.
Y lo probaron.
Aquel pato sabía realmente como acariciar a una mujer. Ella nunca había sentido nada parecido. Se movía con infinita suavidad, depurada técnica y premeditada ternura por los pliegues más sensibles de su cuerpo. Las caricias hábiles, precisas, deliciosas, sutiles, la llevaron al éxtasis en repetidas ocasiones. Cuando todo hubo terminado se sentía tan exhausta y satisfecha que apenas podía mover un músculo. Se quedó dormida sobre su mullido plumaje y al despertar del breve sueño vio que junto a la almohada Ernesto había depositado unas rosas recién cortadas. Era algo muy loco, jodidamente loco . Pero tuvo que reconocer que se había enamorado. Aquella noche Manuel se quejó de que las almohadas perdían plumas, que estaba todo lleno de malditas plumas.
Las sesiones de sexo palmípedo y conversación se hicieron diarias, y pronto se convirtieron en el principal motivo de su existencia. Había encontrado el equilibrio. Se sentía feliz. La tranquilizaba saber que difícilmente podía ser descubierta y que nadie habría de sufrir por ello. Quien iba a sospechar de semejante historia. Manuel se había mostrado algo extrañado cuando ella le comentó que estaba pensando en reiniciar sus estudios, pero pensó que se trataba de una simple locura pasajera y no la desanimó. Había notado una ostensible mejoría en el carácter de ella y no quería contrariarla, aunque no dejaba de sorprenderle verla todo el día canturreando y afrontando las tareas domesticas con tanto ánimo. La casa estaba mas limpia, había menos polvo. Era un hecho. Ciertamente, ella se apresuraba a realizar el trabajo cuanto antes para tener más tiempo con el pato. Releían juntos a Byron, Verlaine y Baudelaire. Ernesto citaba airadamente a Orwell reivindicando los derechos animales. Reían y retozaban hasta el atardecer. Era una buena vida, si señor.
Los sábados el mercado siempre estaba repleto. Ella se movía entre la gente con ligereza armada con una amplia sonrisa que le dividía el rostro. Una vieja amiga que encontró en la cola del pan le dijo que la veía mas guapa y sonriente. –¿Estas más delgada?. –Se preguntaron mutuamente como iban las cosas intercambiando las acostumbradas mentiras de rigor. Rascando el barniz de la conversación la amiga le confesó que su marido apenas aparecía por casa. Tanto le daba. Por lo menos cuando volvía llegaba tan borracho que no le quedaban fuerzas para molestarla. Cuando ella le preguntó si tenían patos en casa la mujer la miró como si fuera una extraterrestre. Apenas pudo contener la risa.
Cuando volvió a casa un ligero cosquilleo en el estómago la alertó de que algo no acababa de marchar correctamente. El coche de Manuel estaba atravesado en el patio pero él no parecía estar en la casa.Cruzó el patio escuchando el ruido de sus propias pisadas en la tierra. El viento empezaba a levantar algo de polvo. Abrió la puerta de la casa y contempló el silencio que dominaba la habitación. El cosquilleo estomacal empezó a tornarse en molestia. Unas manos surgidas de la nada le taparon la cara con rudeza pero sin violencia. Dio un respingo.
–¡Sorpresa!
–¡Joder Manolo que burro eres! Que susto me has dado… –El la volteó con facilidad , la atrajo hacia su pecho, y la besó en los labios. Se las apañó para sacar una rosa de algún sitio y se la ofreció.
–¿Y esto?
–Mujer, ¿no sabes que día es hoy?
–¿Hoy? Pues no.
–Vaya hombre. –dijo fingiendo fastidio mientras la rodeaba con sus grandes brazos. – Pues hoy hace 20 años que nos casamos, que lo sepas.
–Ah, ostras. –Intentó fingir ternura con el mayor realismo que le fue posible. El se lo merecía.– Perdona cariño , me había olvidado. Ya sabes la cabeza que tengo…
–No importa. Yo lo recordé por los dos. – La abrazó aún mas fuerte levantándola del piso y volvió a besarla. – Eres mi chica y te quiero.
–Yo también te quiero. – Y casi no mentía. Se besaron una vez más.
–Voy a ducharme– dijo mientras la dejaba en el suelo y se daba la vuelta. –Ah, había pensado que esta noche, como no están los chicos, podrías preparar algo especial, y luego podríamos ir prontito a la cama a magrearnos un rato. Como en los viejos tiempos, ¿qué te parece?
–Humm , de acuerdo.
–Mira, te he dejado algo ahí, en la cocina. A ver que puedes hacer con ello…
La molestia de la barriga se transformó en un sólido bloque de hielo. Corrió hacia la cocina repitiéndose por el camino unas cien mil veces que no, que no podía ser. Estaba en el fregadero. La sangre se escapaba por el cuello seccionado formando grumos que embotaban el desagüe. Apartó el cuerpo para buscar la cabeza empapándose las manos de sangre. Le abrió uno de los ojillos para cerciorarse. El azul empezaba a tornarse un tétrico malva. Lanzó un aullido de dolor. Desde la ducha Manuel le gritaba si necesitaba ayuda para desplumarlo. Sintió que algo en su interior se rompía. El hielo del estómago la abrasaba. La quemaba por dentro. Cuando se hundió el cuchillo, dos, tres veces no sintió dolor sino alivio. Mientras se desangraba en el suelo, con el cuello del pato aún en la mano, le echó una última mirada a aquel ojillo ya decididamente negro. Se lo cerró con el pulgar y luego cerró los suyos.
Manuel salió de la ducha secándose el cabello con una toalla vieja. Al llegar a la puerta de la cocina dejó caer la toalla al suelo, y se quedó helado contemplando a su mujer aferrada a un cuello de pato sobre un inmenso charco de sangre negruzca. Musitó su nombre en voz baja un par de veces. Se mesó los cabellos todavía húmedos. Un tanto aturdido atravesó tambaleando la habitación y salió al patio donde el sol estallaba sin clemencia. Cruzó el patio hasta el corral. Abrió la puerta chirriante haciendo nota mental de que debía echarle aceite.
–Ya esta. Lo ha hecho. Ha sido más horrible de lo que imaginaba.
De entre el corrillo de patos avanzaron unos preciosos ojos azul turquesa.
–Te dije que lo haría. Era una puta romántica.
–Si. También ha sido asqueroso inyectarle esa mierda al pato en los ojos. Y me ha costado matarlo, no creas. Ahora no es tan fácil.
–Lo entiendo. Pero no te preocupes, se llamaba Horacio y era un completo gilipollas. Aquí nadie lo va a echar de menos…
–Lo que no me explico es como ha podido creerse que esos ojos eran los tuyos. –Recorrió con la mano el robusto cuello del pato. – Dios mío, los tuyos son tan…maravillosos.
–No pienses más. Olvídala. Lo que importa es que ahora estamos juntos. Tú y yo. Para siempre.
–Si.
Se abrazaron y rodaron juntos por el suelo sembrado de paja del corral. Se besaban tan apasionadamente que a las gallinas se les puso la piel de ídem.
End
Fuente: www.atlasdemiombligo.com



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